"Sin mirar atrás", le oí mascullar mientras caminaba decidido por el pasillo del avión hacia su asiento.
"Sin mirar atrás".
"Sin mirar atrás".
Pero una vez en el aire, estoy seguro que la sensación de seguridad se le fue cayendo hacia los pies, poco a poco, sin más consuelo que el del saber que no había vuelta atrás.
A las 3 de la mañana llegamos a Beirut, él se dirigió hacia el Movenpick y yo al piso franco que mantenía allí.
Según lo acordado a las 2 de la tarde le encontré sentado en el bar Bourj Al Hamam, en la parte trasera del hotel, hablaba por telefono, mientras gesticulaba airadamente. Encima de su mesa un cappuccino a medio beber y un cuaderno Moleskine lleno de notas. Cumplía a la perfección con su papel.
Me senté en la mesa de enfrente y pedi una cerveza Almaza. La vista era espectacular. Habían pasado 10 años desde lo de Tarek, y desde entonces no había puesto un pie en Beirut, pero estaba claro que esta ciudad seguía siendo tan salvajemente hermosa como entonces. A pesar de haber retirado las tropas del norte del país un año antes, la alargada sombra de Siria todavía se proyectaba por todo el país y en las calles los tanques y soldados con M16s, se mezclaban con los carritos de la compra y mujeres con bolsas de verduras. Capaz de lo mejor y lo peor, esta ciudad todavía se debatía con los fantasmas de la guerra civil, lo que metía en el cuerpo una sensación de incertidumbre que te empujaba a vivir como si el mundo se fuera a acabar mañana... y es que era muy probable que así fuera.
Le pasé el "paquete" siguiendo el proceso pactado. Ahora la bola estaba en su campo y tenía que demostrar que todos los años de entrenamiento le habían servido de algo.
Esa noche tenía que cumplir con su tapadera, así que se encontró con la agencia de publicidad para cerrar los detalles del anuncio que iban a rodar. El muy cabrón era bueno, y le gustaba, de hecho creo que alguna vez estuvo tentado de dejar todo esto para dedicarse a esa mierda. Pero hay cosas que se llevan dentro y no se pueden quitar ni con una espatula.
Los días siguientes se le fueron entre el estudio y los clubs de Beirut. El Domingo tenía que visitar Element, uno de los clubs de moda en el que debía recibir la segunda parte del "paquete". No tuvo más que mencionar el club para que los ejecutivos de la agencia de publicidad se ofrecieran entusiasmados a hacer una visita esa misma noche.

El club tenía su propio edificio, construido recientemente. Su moderno diseño chocaba con algunos de los edificios cercanos donde todavía se podían ver agujeros de balas en los muros. Dentro, en un ambiente casi lascivo, el rock de los 80 y 90 remezclado con nuevas bases sonaba furioso. Como en todos los clubs de Beirut las mujeres estaban a la altura de su fama. Arrolladoramente atractivas, flirteaban con todo aquel que aparentara tener una suma de más de 6 cifras en el banco, o calentaban a cualquier muerto de hambre al que sacarle medio salario en botellas de Möet & Chandon.
A la media hora de estar en el bar y a la mitad de su segundo Johnnie, una enorme pantalla de video se descolgó de una de las paredes y los Cramberries tocaron en directo Zombie con su habitual contundencia. El sonido era atronador haciendo vibrar el suelo, como si estuvieras en la primera fila del estadio en Glasgow. Un pequeño roce en su codo le indicó que el pase estaba a punto. Para el final de la canción, la segunda parte del "paquete" ya estaba en su bolsillo.
Al día siguiente salió hacia París. Llegó agotado al hotel en Montparnasse. Llevaba toda la noche viajando y el cansancio se le marcaba en la cara. Todavía le quedaban un par de días para completar la primera fase, por lo que decidió descansar toda la noche. Durmió 7 horas seguidas por primera vez en tres meses.
Los compromisos de la tapadera le ocuparon la espera. De reunión en reunión, y entre estupidas conversaciones mató las horas hasta la fiesta de gala. Traje negro, camisa negra y corbata negra. A la tercera copa de champagne, durante el cocktail, su contacto de esa noche ya se había hecho notar. Era una mujer, de Europa del Este, y aunque por su apariencia delicada a nadie se le hubiera ocurrido pensar que era una agente, en las distancias cortas se le adivinaban años de experiencia.
A la insulsa cena y los habituales discursos de rigor le prosiguió una fiesta en una gran sala reconvertida en discoteca para la ocasión. No le gustaba bailar, y mucho menos sobrio, por lo que se mantuvo junto a la barra a la espera del momento oportuno. A la tercera canción, su contacto se acercó a él y se insinuó contoneando las caderas a una distancia muy poco prudente. Nada que llamara la atención. Para entonces la mayoría de los invitados andaban borrachos y todo el mundo intentaba restregarse con alguien, bien en la pista o en las habitaciones de los pisos de arriba. Una alta rubia rusa se llevaba toda la atención.
Al final de la noche ya tenía la tercera y última parte del "paquete".
A las 12 de la mañana y tras una breve escala en Madrid llegó a Tenerife. A los pocos minutos llegó el resto del comando. Alquilaron 3 coches y se dirigieron hacia el sur. El Médano era un pequeño pueblo de menos de 10,000 habitantes que vivía del turismo y un lugar perfecto en el que planear los siguientes movimientos.

En esta ocasión la tapadera era complicada, ya que era un grupo grande por lo que elegí una celebración de despedida de soltero. A uno de los agentes veteranos le tocó el papel de novio, lo cuál llevó con bastante dignidad, aunque las vejaciones estuvieron a la altura de una despedida de soltero real. En el pueblo, pasaron tan desapercibidos como una puta en la conferencia episcopal, pero eso precisamente hizo la tapadera más creíble.
Al día siguiente conocerían el próximo lugar y fecha de encuentro. Además recibirían el entrenamiento específico necesario para la misión. Todos tenían experiencia con explosivos, pero en estos casos no se debe dar nada por sentado. Uno de los comandos era especialista en estos menesteres, y era el responsable de formar a los demás. Se debían concentrar en montar y desmontar unas bombas llamadas bearkiller. Eran de fácil montaje y sus componentes se podían encontrar facilmente en cualquier ciudad civilizada. Tan mortales como una mina antipersona, su belleza radicaba en la simpleza de sus componentes. Todos los miembros del comando las habían utilizado en otras ocasiones pero no debía quedar nada al azar, así que concienzudamente revisaron los procedimientos de montaje y desmontaje.
A los dos días se dispersaron para volver a sus respectivas bases de operaciones.
Una semana después se volverían a encontrar, esta vez en la ciudad donde ejecutarían la operación. Era el momento de inspeccionar el terreno y atar cabos sueltos. La reunión fue todo un éxito, y aunque no pude asistir, los informes demostraron que el comando estaba preparado para enfrentarse a cualquier cosa.

Al terminar la reunión, él voló a Dubai donde yo le esperaba para darle las ordenes finales. Dubai evolucionaba por semanas y cada vez que lo visitaba me parecía una ciudad distinta. Los rascacielos ya se prolongaban mucho más allá de los núcleos tradicionales y alcanzaban la nueva zona de la marina. En aquella época del año Dubai era poco menos que un paraíso. Mientras en Europa el frio se nos metía hasta los huevos, en Dubai los britanicos enrojecían al sol de un marzo que a mí me parecía un julio cojonudo.
Nos alojamos en el Emirates Towers. Un lujoso hotel de negocios en Sheikh Zayed Road, el Emirates Towers era una enorme torre de 50 pisos en forma triangular enfrentada a otra torre idéntica pero de menor altura dedicada a oficinas. El complejo parecía arrancado de una película de ciencia ficción. Era un lugar perfecto en el que pasar desapercibidos, nadie hace preguntas inoportunas en un buen hotel de Dubai, si hay suficiente dinero de por medio. 
Al día siguiente nos encontramos en una de las zonas de dunas cercana a la playa. Nadie pone micros en el puto desierto, por lo que hablamos con tranquilidad. Le noté nervioso, expectante. Yo sabía que no era la primera vez que se enfrentaba a estas situaciones y siempre había salido adelante, por lo que confiaba en él. Pero también pensé que quizás estaba subestimando la situación.
También le noté distante, con la cabeza muy lejos de allí. Creo que todavía vivía pendiente de sus raíces, y no estaba dispuesto a dejarlas atrás. También le noté algo distinto que no había visto antes en Beirut; algo profundo había cambiado en él, pero por aquel entonces no supe de qué se trataba.
Le pasé los detalles finales de la operación, y se limito a decir: "¿cuándo?".
Parte de su tiempo en Dubai lo debía emplear en preparar su futura misión, por lo que tras marcharme de vuelta a Praga, él se quedo para instalar la nueva base. Necesitaba asentarse como cualquier otro europeo que se mudara a Dubai, por lo que alquiló un piso en Dubai Marina y empezo a realizar los trámites para vivir allí: visado, coche, bancos... Su tapadera en estas ocasiones era de gran ayuda y tras las rutinarias investigaciones de la policia local, que no darían ningún resultado, podría operar con total libertad.
Una semana más tarde voló hacia la ciudad donde debía realizar la operación. Con cinco días de antelación se acomodó en el piso franco que hacía de base de operaciones, lo que le daba el tiempo necesario para poder comprobar personalmente el terreno y ensablar el "paquete" con la antelación necesaria. Todo seguía igual en Murcia por lo que se sintió reconfortado.
Los días siguientes se limitó a realizar los contactos previstos con los miembros del comando que ya estaban en la zona. Esta es al menos la versión oficial que apareció en el informe, aunque estoy convencido que se me escapa algo que podría aclarar todo lo que pasó después.